martes, 26 de mayo de 2026

Para Reflexionar





Reflexiones sobre el olvido


A veces creemos que la soledad de los adultos mayores se combate solamente con medicamentos, cuidados o comodidades. Pero hay algo mucho más simple y profundamente humano que muchos necesitan desesperadamente: ser escuchados.

Detrás de cada arruga hay una historia. Detrás de cada silencio, quizás una vida llena de luchas, amores, pérdidas y sueños que todavía esperan ser compartidos. Nuestros mayores no solo envejecen; muchas veces también se vuelven invisibles para una sociedad que corre demasiado rápido y que ha olvidado detenerse a mirar a quienes caminaron antes que nosotros.

La soledad duele. Duele cuando pasan los días sin una visita, cuando nadie pregunta cómo se sienten, cuando sus palabras parecen repetirse porque ya casi no tienen con quién hablar. Y, sin embargo, ellos siguen teniendo tanto para entregar: consejos, recuerdos, experiencias y una ternura que solo da el tiempo vivido.

Escuchar a un adulto mayor no es perder el tiempo; es honrar la vida. Es reconocer que algún día nosotros también necesitaremos una mano, una conversación, una mirada paciente. Porque nadie debería sentirse abandonado después de haber dedicado tantos años a construir familia, trabajo y recuerdos.

A veces un gesto pequeño puede cambiarles el día: sentarse unos minutos a conversar, escuchar una anécdota, aunque ya la hayan contado antes, tomar su mano, hacerlos sentir importantes. Para ellos puede parecer un detalle; para el corazón, puede ser todo.

No dejemos que nuestros mayores vivan rodeados de silencio. Acompañarlos, comprenderlos y darles amor es también una forma de agradecerles el camino que abrieron para nosotros.

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Una vez más me encontré frente a aquel lúgubre edificio de paredes despintadas, escondido entre grandes árboles desnudos. El viento frío jugaba con mi pelo mientras meditaba unos minutos antes de entrar. El paisaje era triste, gris; la tarde, lluviosa y helada, más aún allí.

Sequé mis zapatillas en el papel tendido en la entrada mientras mis ojos recorrieron el interminable pasillo que alguna vez lució blanco y resplandeciente. El silencio invadía el lugar junto con una nube de nostalgia que parecía flotar en el aire. Cada puerta que abría liberaba un rechinido que exaltaba la sosegada atmósfera. Busqué y busqué hasta que lo vi.

Como siempre, sentado en esa esquina oscura del cuarto, esperándome. Ya no veía, así que su rostro solo se iluminaba después de oír mi saludo; solo en ese momento se daba cuenta de que yo estaba allí. Quién hubiera pensado que aquel hombre tan fuerte que solía ser hoy era esa frágil persona que reposaba sobre una silla de madera vieja. Si bien su cuerpo mostraba el cansancio de los años vividos, se asomaba en sus ojos el resplandor del joven soñador que fue en tierras muy lejanas a estas.

Ese día de la semana aquel triste lugar parecía cobrar vida, y esas paredes, con tantas historias impregnadas, hablaban. Me contaba sus vivencias, que habían sido muchas: presenció la guerra y sufrió el hambre, pero nunca se rindió. Un gran luchador con tanto por decir y, sin embargo, sus palabras quedaban atrapadas en el gris edificio.

Las horas pasaban entre largas y tendidas charlas. El sol comenzaba a esconderse y ese era el llamado para pegar la vuelta. Tomé mi mochila y, entre promesas de volver en siete días, me alejé por el eterno pasillo de paredes gastadas, con la imagen de él en su vieja silla y un nudo en la garganta.

Una vez fuera, mis ojos recorrieron nuevamente el lúgubre edificio que tantas cosas tenía por contar. Aquellos muros muertos a primera vista estaban, en realidad, llenos de vida, porque créanme que ellos sí habían oído las más interesantes experiencias. Tal vez los muertos seamos nosotros, que cometemos el error de no escuchar las vivencias de esos muros; que vivimos tan apurados que no tenemos tiempo de sentarnos a escuchar las historias de nuestros sabios viejos; que ni siquiera entendemos que cada línea sobre el rostro es un momento vivido, un recuerdo de un tiempo pasado, la marca de algo aprendido.



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